El País: Che Apalache

Por Laia Jufresa

Un violín tiene que madurar, absorber ondas de sonido, le toma unos años abrirse, sonar lo mejor de lo que es capaz.

Conocí a Joe Troop en una azotea de Buenos Aires, en un concierto que dio para recaudar fondos porque recién había tenido que comprar, por segunda vez, su propio violín.

En Carolina del Norte Joey tuvo una infancia suburbana americana prototípica de la que lo salvaron un banjo chino, un violín prestado, unos años en Sevilla y un amigo porteño que lo apodó Shosho y le dijo que debía ir a Argentina. Shosho fue, pero antes pasó unos años en un pueblito de Japón, enseñando inglés, aprendiendo japonés, ahorrando y practicando obsesivamente el violín. Al volver a casa, Jo San necesitaba un mejor instrumento. Se lo encargó al mejor lutier que conocía, un alemán que en los setenta se instaló en los Montes Apalaches enamorado de su música: el bluegrass.

La única otra vez que vi a Joseph fue en el rancho donde Alfred Michels tiene su taller, rodeado de verde, atiborrado de maderas y violines. Tradicional, perfeccionista, Alfred prepara su propio pegamento y lija con navaja. Se le ve sin pipa sólo el tiempo que le toma rellenarla. Estaba arreglando el único desperfecto del violín robado: un quiebre en el puente. De paso, el violín estaba recuperando su olor original, el de ese tabaco en particular.

Un violín tiene que madurar, absorber ondas de sonido, le toma unos años abrirse, sonar lo mejor de lo que es capaz. El que Michels hizo para Troop estaba llegando a ese punto cuando, una noche porteña, unos chicos lo reclamaron a punta de cuchillo. En los meses que le tomó recuperarlo, Yoyo compuso un tango: Me afanaron en la parada del 4, para banjo y contrabajo.

El violín apareció en La Plata, casi intacto, con arcos y estuche. Un músico honesto lo compró sabiendo que valía mucho más de lo que pagó. Luego encontró la página web Violín Robado. Así fue como Joe Troop recuperó su instrumento. Siguen juntos, fusionando géneros. Como le oí decir en una entrevista sobre sus discos con Diego Sánchez: “El duende que tiene el flamenco, el drive que tiene el bluegrass, el swing que tiene el jazz y el no sé qué que tiene el chamamé”. Hoy toca sobre todo latingrass con un cuarteto cuyo nombre bien podría ser otro de sus apodos: Che Apalache.

En aquel concierto de azotea todos deseábamos comprobar el rumor de que un violín robado había reaparecido. Quién sabe si sea un rasgo latinoamericano o si suceda en todos los países de impunidad rampante, que un buen desenlace causa tanta fascinación como desconfianza porque, desde que tenemos memoria, la justicia es de las vueltas de tuerca la más improbable.

https://elpais.com/elpais/2017/07/07/opinion/1499416519_881278.html